sábado, 21 de mayo de 2011

Un baile de Luis d´Algaida

El grifo de la ducha abierto, con el vapor envolviendo su cuerpo. La luz apagada, con la ciega oscuridad negando las paredes. Sólo una píldora de brasas se aviva en el cigarro al ritmo de las caladas. El suave rasgueo de una guitarra se impone en el ambiente y da ritmo a la patética escena. En el negro vacío del cuarto de baño su imaginación no se coarta y la siente. Allí está ella, delante de él, con la sumisa entrega de los sueños lúcidos. Le coge las manos y la descubre demasiado real. La vista no puede desmentir sus ilusiones y él, que quiere creer, no da sitio al desengaño. Por fin los dos, después de todo. En el obsceno entorno bailan pegados, explotando los pasos con melancolía sincronizada. Aprovechan cada segundo antes de que el cigarro se consuma o de que la canción termine. El caballero y la dama, reposando sus cuerpos el uno sobre el otro, el otro sobre el uno, danzan acompañando la sintonía con una dulzura insoportable y solidaria, con una pasión irreprimible que se deja ver en el tacto, en cada movimiento, en el acto imposible que desempeñan al son de la melodía. Son uno, se funden en la eternidad de lo invisible porque no hay frontera que les pare.


La canción agoniza. Los últimos punteos se dejan morir en la lejanía y ella tiene que volver a donde de nunca debió salir. Enciende la luz y se encuentra, de nuevo, solo; en soledad nostálgica. Las paredes han vuelto, la música estorba. «Ojalá…», musita.


 











(cuadro de Chilo Tulissi, Alas de tango)

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